Aforismos políticos y sociales (V)
Sobre el concepto metafísico de la sociedad
Las masas, sobre todo cuando se agitan con violencia, son como un egregor sin mente, una mera fuerza peligrosísima, cuya peligrosidad radica en ser fuerza sin mente. Porque la mente racional sólo pertenece al individuo concreto, al sujeto, y no existe un sujeto colectivo, resultante de la simple unión de los sujetos individuales.
Los sujetos de un colectivo sólo pueden pensar para sí, y pensar junto con otros sujetos, que también piensan sólo para sí, pudiendo comunicar entre sí sus diversos pensamientos individuales. Pero en ningún momento se producirá un pensamiento colectivo, debido a la mencionada inexistencia de un sujeto colectivo.
Por tanto, no puede tampoco haber una voluntad colectiva en sentido estricto, puesto que la voluntad está en el sujeto concreto, no pudiéndose formar una voluntad “superior” o independiente de la suma de voluntades individuales.
Sin embargo, al igual que el misterioso egregor, las masas pueden actuar como una sola criatura de poder abrumador.
Este hecho apunta hacia la paradoja del sometimiento de las masas y del imperio de las mismas, a la vez. Veamos.
El hombre vulgar no está oprimido contra su voluntad. Es más, en ninguna época ha sido la vulgaridad hecha un valor estético y ético como en la actualidad, siendo un botón de ínfima muestra los espectáculos de realidad o reality shows, así como los concursos al estilo de Gran Petardo, o la instauración del «famoseo» como (muy lucrativa) profesión de hecho.
En definitiva, esta es la Era de la Vulgaridad, como ya dije en otra ocasión.
Por tanto, hablando estrictamente, no hay un dominio directo del hombre vulgar, pero sí un dominio de la vulgaridad.
Asimismo, y como he dicho, el sometimiento, hoy, del hombre vulgar no es tanto un ejercicio de coerción de los poderosos sobre los no poderosos, como la exigencia de los no poderosos de ser exonerados de toda responsabilidad sobre su propia vida.
Harto conocida es la difícil situación de todo individuo notable que ha liderado o pretende liderar algún movimiento emancipador colectivo: no sólo tiene que luchar contra los presuntos opresores que aparentemente evitan tal emancipación, sino que ha de enfrentarse también a la volubilidad de las masas, ese “pueblo” al que pretende servir, y del cual es posible que reciba, a cambio, desde indiferencia hasta abierta hostilidad. Por otro lado, si se produce una adhesión de las masas a principios emancipadores en la acción (no puede haber sino acción por parte de las masas, no pensamiento, como he dicho más arriba), se corre el peligro de que esa fuerza como telúrica del egregor de las masas se ponga en manos de líderes indeseables que instauren regímenes tiránicos.
Por todo ello, es absolutamente necesario que cualquier pretensión de emancipación de la sociedad se rija por dos principios esenciales inevitables: el primero, considerar a la sociedad como mera suma de individuos, sin olvidar que raciocinio y voluntad son sólo cualidades del sujeto individual concreto; el segundo, no confundir gobierno y representatividad con exoneración de la responsabilidad sobre la propia vida.
En todo caso, la forma política de la sociedad (siempre como conjunto, agregado, mera suma, y nunca como ente metafísico uno-único) debe garantizar la mayor libertad posible, de manera que el hombre vulgar pueda, si lo desea, renunciar a su vulgaridad, dejando de alinearse con el no pensamiento, no voluntad de las masas meramente actuantes, y así convertirse en un sujeto pensante, e interactuante, que piensa y actúa junto con otros individuos.
De igual manera, la emancipación tiene como doloroso requisito la renuncia a la eterna adolescencia en la que tan plácidamente se ha acomodado el hombre vulgar, que, habiendo depositado sobre las espaldas de sus gobernantes la responsabilidad de su propio bienestar, éstos no pueden, aunque quieran, ser meros representantes, sino que están obligados a ejercer de «papaítos» de millones de perpetuos menores de edad.



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