Aforismos políticos y sociales (IV).
Si se admite que un hombre es noble cuando es digno de admiración y respeto, decoroso, distinguido, singular por gracia de sus propias cualidades, entonces es lícito pensar que el hombre excepcional ha de aspirar al más alto grado de nobleza como le sea posible según sus propias capacidades, ya determinadas, ya influenciadas, tanto por lo puramente biológico como por lo experiencial-contextual.
Así, la nobleza puede concebirse, a la vez, por un lado, como cualidad innata (o mera potencia latente) en la disposición interna del individuo; y, por otro lado, como manifestación externa resultante de la interacción del individuo con su entorno.
Por otra parte, el concepto de “humilde” apunta evidentemente a lo que carece de nobleza, y también se refiere a una actitud o condición de sometimiento, de sujeción al dominio de otros.
Sin embargo, ocurre que el evaluarse a uno mismo con humildad implica investigar y reconocer los propios límites y flaquezas y actuar de acuerdo con dicha sabiduría, con la finalidad de vencer esas debilidades, o bien despojarlas de poder mediante el desarrollo de nuevas facultades que se les opongan, o al menos que sirvan de muro de contención.
Curiosamente, resulta que el hombre verdaderamente humilde en este último sentido es el hombre noble, pues sólo él es capaz de examinarse con humildad. Por contra, el hombre existencialmente humilde, es decir, el vulgar, el ordinario, el común, el corriente, es totalmente incapaz de evaluarse a sí mismo. Y ello es así porque el hombre vulgar se cree la cosa más perfecta, completa y acabada de toda la creación. No ve nada en él que haya de ser pulido; antes al contrario, se juzga depositario de las más dignas cualidades (sin tenerlas él y negándolas en quien sí las tiene), y merecedor del mayor respeto (sin molestarse en hacer el más mínimo mérito y sin mostrar él respeto hacia lo que sí es respetable).
Acontece también que el hombre de condición existencial humilde se piensa capacitado para disponer sobre todas las cosas de la sociedad y del Estado, mostrándose, en consecuencia, sumamente arrogante e indócil. Creyendo poseer en su mente vulgar las claves del buen gobierno, opina, critica, sentencia y se manifiesta, alegremente y como le viene en gana.
Claro está que el hecho en sí no es el problema. Lo malo es que su pensamiento y las acciones en que éste se materializa no son fruto de reflexión alguna, sino un mero regurgitar cosas tomadas de aquí y de allá, a capricho. El hombre vulgar, ya sea de izquierdas o de derechas, repite como un loro e imita como un mono. De tal manera, su posicionamiento existencial como hombre humilde hace que su indocilidad arrogante sea apariencia nada más, ya que, en realidad, es el títere perfecto de individuos hábiles: los líderes. Y también, por supuesto, el hombre vulgar está profundamente sujeto a la corriente que marcan los tiempos, a la moda, a “lo que hay”. El hombre vulgar piensa, dice, hace, y compra lo que le dicen.
Por contra, el hombre noble se esfuerza para situarse al margen, especialmente al margen de la corriente de las masas.
Pone todo el empeño posible (siempre según sus capacidades) para distanciarse y protegerse de la programación constante que se lleva a cabo para someter a la masa de los vulgares. Según su grado de excentricidad, o bien según el carácter de sus diversas ambiciones, se inmersa en los mecanismos tradicionales de triunfo social o bien se sale abiertamente de las vías tradicionales para expresar su creatividad.
Es muy importante, sin embargo, señalar que el triunfo social no es sinónimo de nobleza, y mucho menos en esta Era de la Vulgaridad, edad dorada de las berrocales y los dinios. También cabe aclarar que la auténtica nobleza poco o nada tiene que ver con los títulos nobiliarios, especialmente hoy, por razones idénticas a las mencionadas.
Resulta, pues, que el hombre noble sí se esfuerza verdaderamente para ser libre, y su esfuerzo para conquistar y merecer la libertad es radicalmente opuesto a la ignorante indocilidad de los “rebeldes” vulgares.



1 comentarios:
Pese a las pocas entradas que contenía, me encantaba el antiguo Diario del Merodeador... lamenté su virtual desaparición, por falta de actualizaciones y el azar ha querido que hoy volviera a investigar la antigua dirección... llevándome una grata sorpresa.
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