Aforismos políticos y sociales (III)
El Estado es un conjunto de instituciones que los individuos construyen para regular las relaciones entre ellos mismos. Es, por tanto, un instrumento.
Ya que el Estado es construido por individuos, siendo un producto de éstos, resulta que no es un ente metafísico de origen misterioso que exista separadamente, por y para sí.
Sin embargo, el fascismo se empeña en situar al Estado, en su defensa del mismo, por encima del individuo. Esto es sencillamente imposible. ¿Otorgar al Estado un valor ontológico superior al individuo? ¡Bien! Intentemos, como experimento, deshacernos del Estado. Veremos que los individuos permanecen. Probemos, por el contrario, a deshacernos de los individuos. ¿Dónde queda el Estado? ¡Sorpresa! ¡Se ha evaporado!
Este es, pues, uno de los errores capitales del fascismo: pretender que el coche tenga más importancia que el conductor, que la cuchara y el plato sean más importantes que el comensal, que el pincel y el lienzo en blanco gocen de más valor que el pintor.
Resulta de interés esencial comprender que el individuo es al Estado lo que el alma es al cuerpo. Y un cuerpo sin alma es un cadáver, o -en el mejor de los casos- un zombi.
Sobre la concepción anarquista del Estado.
El anarquismo, por su parte, parece concebir también el Estado, en su crítica del mismo, como una entidad separada del hombre, puesto que los anarquistas insisten con vehemencia en que si el ser humano se viera libre del Estado, el modo en que aquél convive con su prójimo cambiaría radicalmente para mejor.
Es decir, el problema es que el Estado "corrompe" al hombre. Pero los anarquistas no parecen caer en la cuenta de que el Estado es una creación del hombre mismo. Ello implica que el ser humano ya es "corrupto" de por sí, y por tanto, el Estado, como cualquier otra obra del hombre, ha de llevar la marca de su "corrupción".
Por consiguiente, una hipotética sociedad anarquista llevaría también, necesariamente, la huella de la "corrupción" humana.


