Vengo reflexionando sobre la interrelación e interacción entre el tiempo cíclico y el tiempo lineal en el alma, y lo vengo haciendo en estos días navideños en los que, valga la redundancia, he tenido más tiempo para publicar en Internet, como habrás comprobado especialmente en Nobilitas et Libertas.
Parte de mi reflexión la dedico al hecho constatable de la evolución que se ha producido en mi ideario y en mi sentir.
Ahora que defiendo abiertamente, a través de mis publicaciones virtuales, ideas bizarras y, sin duda, políticamente incorrectísimas, empiezo a considerar la posibilidad de que alguien rebusque en mi pasado (en algunos terrenos, un pasado reciente) para acusarme de haber defendido gran parte de lo que ahora detesto.
Lo cierto es que no sólo sostuve ideas muchas de las cuales ahora repudio, sino que además participé de ellas en la acción, aunque ésta fue, en terrenos políticos, predominantemente intelectual y artística, y en terrenos religiosos, bastante privada.
Por ejemplo, durante bastante tiempo creí en, y vibré, sentí, y soñé con, el anarquismo colectivista. La rojinegra bandera del anarcosindicalismo español inspiraba en mi cándido corazón los más sublimes delirios, que yo tomaba por ideales.
Y empecé –no podía ser de otra manera- a codearme con gente que profesaba esa misma secularizada religión, ese mismo apego hacia la ensoñación, esa misma interpretación delirante del mundo. Pese a ello, sólo dos personas se ganaron mi respeto y admiración en aquella época y en aquel entorno. Tuve, eso sí, muchas amistades fraternas, de las cuales guardo un recuerdo agridulce. Dulce, por la intimidad emocional que mantuve con mis amigos, por el cálido afecto que sentí. Agrio, por las abundantes estupideces que cometí.
Aunque la melancolía me sobreviene siempre que recuerdo aquel tiempo, me alegro de simplemente recordar ese modo de existir, no queriendo, por nada del mundo, volver a él.
Curiosamente, me reconcilio (sólo en la esfera intelectual estética) mucho más alegremente con la época anterior a la anarcosindicalista. Aquélla tuvo lugar en mi adolescencia más temprana, en la que mis delirios eran más puros, a saber, más individualistas, casi misantrópicos, casi nihilistas. Por ejemplo, sólo muy de vez en cuando desempolvo los planfletos musicales (y no lo digo en sentido peyorativo) de Sin Dios, para quitarlos a los pocos minutos, cansado de escuchar tanta sandez, y sintiendo rencor hacia mi propia falta de juicio en aquellos tiempos, por haber comulgado con esos dogmas quiméricos y presuntuosos.
En cambio, disfruto con sardónico y malévolo deleite las blasfemias de Eskorbuto, por ejemplo.
En lo religioso, pasé por muchos estadios desde que abandoné la niñez. No quiero ser exhaustivo al respecto. No obstante, sí diré que, del rabioso ateísmo anarquista de mi adolescencia, pasé a una suerte de luciferismo de cosecha propia, para después zambullirme en el budismo, que posteriormente abandoné para explorar de nuevo los rincones más oscuros de mi alma, y finalmente salí de nuevo a la superficie con una especie de síntesis de todo lo anterior. Actualmente sigo evolucionando, explorando en todas direcciones, con un espíritu adogmático y abierto.
Con todo, muchas personas creen que la autenticidad reside en tener las mismas ideas, o parecidas, durante toda la vida. Y quizá tengan razón. Tal vez eso sea auténtico. Tal vez eso sea un auténtico estancamiento. Y ¿qué es preferible: el agua estancada, pútrida, opaca, o bien el agua que corre, que se mueve, que al mismo tiempo recorre un ciclo inalterable y sin embargo se renueva constantemente?
Francamente, yo no suelo confiar mucho en las personas que se enorgullecen de “haber sido siempre así”. Porque me asalta la pregunta: ¿es que no han aprendido nada? ¿Nada de lo que han experimentado les ha hecho siquiera cuestionarse sus creencias y opiniones? Mala cosa.
Aún así, los listillos pretenden, a menudo, deslegitimar el discurso de alguien, o incluso desacreditarle por completo, alegando que antes decía o hacía otra cosa, por ventura incluso lo contrario. ¡Qué imprudente simpleza! De todas formas, con esta confesión espero, por un lado, haberles ahorrado el trabajo a mis potenciales enemigos.
También espero, por otro lado, haber facilitado a mis lectores la comprensión de mis escritos.